De Códigos Da Vinci

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre     

 

 

          Me quedo impresionado cuando en la sección de librería de un conocido establecimiento, encuentro expuestos de una forma muy destacada en una misma estantería los siguientes títulos: El secreto de María Magdalena, La piedra sagrada, La conspiración del templo, El  testamento de los siglos, El peregrino del tiempo, La esperada

            Las breves sinopsis que aparecen en las contraportadas, son suficientemente elocuentes: “Una auténtica bomba de relojería contra los cimientos del Vaticano”, “El descubrimiento de una importante revelación que Cristo hizo a la humanidad y que ha permanecido en secreto a lo largo de los siglos”, “María Magdalena fue relegada a un papel secundario en la Iglesia hace más de mil setecientos años. Ahora, con el descubrimiento en 1945, de los pergaminos de Nag Hammadi, podemos saber lo que ocurrió”, etc, etc, etc.

            Muchos de estos títulos tienen un primer denominador común: se presentan bajo el género de novelas, pero afirmando al mismo tiempo que han investigado y sacado a la luz enigmas ocultados por la Iglesia Católica. He aquí el primer fraude que se esconde en este género de literatura: si nos disponemos a rebatir con datos científicos las afirmaciones anticatólicas contenidas en estas obras, entonces rápidamente nos responderán diciendo que “no hemos de ponernos nerviosos, porque ya se nos advirtió que se trataba de un novela”. Cuando, por el contrario, recordamos a los consumidores de esta literatura, de que se trata de meras novelas, entonces, se nos matiza diciendo que “están basadas en estudios históricos”. ¡Una trampa absurda en la que muchísimos lectores se encuentran atrapados!

            Con respecto al grado de fiabilidad científica de estos libros, baste señalar un significativo detalle: la mayoría son publicados por autores que se presentan bajo el currículum de “escritor e investigador”. ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué significa ser “escritor” e “investigador”? Dicho a las claras, quiere decir que esos autores se han lanzado a escribir en torno a esos temas, sin la más mínima especialización necesaria: no han cursado estudios de Teología Dogmática, ni Filosofía, ni Paleografía, ni Arqueología, ni Lenguas Semíticas, ni Sagrada Escritura, ni Patrología, ni Astrología, ni Historia, ni de Periodismo...  Escribir un libro que pretende adentrarse en todas esas materias, sin dar cuenta con precisión de ninguna de ellas, puede tener dos razones de ser distintas: o bien la ignorancia atrevida que sabe descubrir y explotar un filón de oro, o el deseo deliberado de tergiversar y confundir a los creyentes.

            Más allá de la denuncia de la falta de rigor científico, es también necesario caer en la cuenta de que la proliferación de esta literatura esotérica responde al deseo de todo ser humano de abrirse a lo espiritual y misterioso. Bien es cierto que el hacerlo de esta forma, lleva consigo el inevitable peligro de adaptar el misterio a la propia conveniencia o a la ideología dominante, hasta el punto de deformarlo.  Este tipo de novelas pretenden llenar el espacio de la religiosidad natural del ser humano, pero desligándolo de todo compromiso moral, personal o social. ¡Siempre vendrá algún libertador a modo de “escritor e investigador”, que nos anuncie que ha encontrado un manuscrito secreto, custodiado por los templarios, gracias al cual podamos abrir los ojos y descubrir que nuestros antiguos compromisos morales y eclesiales eran un mero invento de algún cardenal malvado! Es la perfecta “religión light”: se procura saciar la curiosidad por lo trascen­dente, liberándonos al mismo tiempo de cualquier compromiso de vida. El fenómeno sería cómico, si no fuese porque hemos conocido a más de un creyente poner en duda sus convicciones de fe.  Recuerdo que recientemente, una persona consumidora habitual de este tipo de literatura se acercó a mí, preguntándome en voz baja y con tono misterioso: “¡Ustedes saben cosas que no pueden contar!, ¿verdad?”.  No pude por menos de preguntarle qué novela estaba leyendo esos días.

            A la vista de todo esto, me formulo las siguientes preguntas: ¿Por qué estas novelas esotéricas antirreligiosas han de referirse siempre a la Iglesia Católica? ¿Por qué ocurre con la literatura lo mismo que con las producciones cinematográficas (“Estigmata”, “La mala educación”, “Las hermanas de la Magdalena”, “El cuerpo”, “La sonrisa de mi madre”, “Priest”, “Amén”...)? ¿Por qué hay tanta literatura y cine crítico hacia el Catolicismo y no ocurre lo mismo con el Judaísmo, el Islam, las religiones orientales, o las demás iglesias cristianas?

            Da la impresión, como decía Vittorio Messori, de que, en la cultura actual, el antisemitismo ha sido sustituido por el anticatolicismo. Sin embargo, lejos de hacer una lectura pesimista del momento cultural presente, Messori, en su análisis, considera “providencial” el anticatolicismo de la cultura occidental y del Islam. Es un hecho, que siempre hemos necesitado de la persecución para redescubrir la propia identidad. Somos conscientes de que si redujésemos el mensaje católico a un blablablá bondadoso sobre el pacifismo, la ecología, la tolerancia y algunos otros valores de amplio y vago consenso, entonces hasta podríamos llegar a resultar simpáticos para la cultura actual. Eso sí, ¡tan simpáticos como insignificantes!