Censura laicista en la Universidad

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

 

 

               ¡Qué verdad es que «Dios escribe derecho con renglones torcidos»! La primera persecución desatada contra los cristianos tras el apedreamiento de San Esteban, tal y como se narra en los Hechos de los Apóstoles, fue la ocasión dispuesta por la Providencia divina para la expansión del cristianismo fuera de Jerusalén (Hch 8, 1). Algo similar está ocurriendo tras el boicot violento protagonizado por un grupo de radicales laicistas en la Universidad de La Sapienza de Roma. El Papa hizo llegar su discurso al Rector de la Universidad, quien lo leyó ante el profesorado y el alumnado. Posteriormente, Internet y algunos medios de comunicación se están haciendo propagadores de la palabra acallada. ¡Pocos discursos papales habrán tenido tanta difusión, resonancia y fruto como éste! Yo también quiero prestar un altavoz más al discurso censurado por esa especie de “inquisición civil” contemporánea.

            + Frente a la leyenda negra: Lo primero que ha sorprendido a muchos legos en la materia, ha sido el dato histórico de que esta universidad laica, La Sapienza, que es la que más alumnos tiene en toda Europa, fuese creada en la Edad Media por el Papa Bonifacio VIII. Pero… ¿no nos habían dicho que la Edad Media había sido una época oscurantista en la que la Iglesia había mantenido en la ignorancia al pueblo?

            Muy al contrario, la Iglesia se prodigó durante todos aquellos siglos en auspiciar universidades, dotándolas incluso de una autonomía desconocida hoy en día, que les eximía de la jurisdicción ordinaria, ya que contaban con sus propios tribunales para administrar justicia a los maestros y alumnos universitarios. El Papa recordaba en su discurso que la autonomía «siempre ha formado parte de la naturaleza universitaria, que ha de vincularse exclusivamente a la autoridad de la verdad, en libertad frente a autoridades políticas y eclesiásticas».

            Benedicto XVI recuerda en su discurso dirigido a La Sapienza, que gracias a la contribución de Santo Tomás de Aquino, y en contacto con las filosofías árabes y judías, en el ámbito de la Universidad medieval se subrayó «la autonomía de la Filosofía y con ella el derecho y la responsabilidad propios de la razón, que se interroga basándose en sus propias fuerzas».

            + La fe estimula a la razón: Benedicto XVI se presenta siete siglos después en La Sapienza, comenzando por hacer la pregunta: «¿Qué hace o puede decir el Papa en la Universidad? ». Su tarea no consiste en «tratar de imponer a los demás de manera autoritaria la fe, que sólo puede ser transmitida en libertad», sino en «mantener despierta la sensibilidad por la verdad».

            En efecto, la tentación del pensamiento contemporáneo no sólo es la de rechazar la fe, sino también la de prescindir de la razón. Nuestra actual Universidad tiene el riesgo de reducirse a la enseñanza de las ciencias experimentales, renunciando a las preguntas transcendentales sobre el sentido de la existencia. El pensamiento imperante en la cultura actual, tiene alergia a las preguntas últimas y definitivas. No acostumbra a preguntarse si algo es verdad o mentira, ni tan siquiera si es bueno o malo. Más bien, los planteamientos se derivan hacia otros matices menos comprometidos: la búsqueda de la eficacia, respuesta a intereses, la utilidad, la eficiencia, la calidad de vida, la felicidad identificada como bienestar...

            El Papa quiere suscitar el deseo de la verdad, y por ello invita a la razón a ser ambiciosa en sus preguntas:  «El obispo de Roma quiere invitar nuevamente a la razón a ponerse en búsqueda de lo verdadero, del bien, de Dios y, siguiendo este camino, alentarla a percibir las luces útiles surgidas a través de la historia de la fe cristiana y a percibir de este modo a Jesucristo como la Luz que ilumina la historia y que ayuda a encontrar el camino hacia el futuro».

            Lejos de presentar la fe como contrincante de la razón, el Papa nos recuerda que el tradicional enemigo de la fe ha sido la superstición. De hecho, los cristianos de los primeros siglos «no acogieron su fe de manera positivista, o como la válvula de escape de deseos reprimidos», sino que «disipando la niebla de la religión mitológica», buscaron «la verdadera naturaleza y el verdadero sentido del ser humano».

            + Las raíces del árbol: El discurso de La Sapienza se refiere también al reconocimiento de las raíces culturales. El Papa lanza un llamamiento a la cultura occidental a no cerrarse a la verdad de la fe cristiana en nombre de la “presunta pureza” de la razón, pues ésta se “resecará”. Si la razón, preocupada por guardar su laicidad, pierde el contacto con las raíces de las que ha nacido, entonces pierde la valentía de la verdad y, al perderla, lejos de crecer, se empequeñece. Dice el Papa: «La filosofía no vuelve a empezar cada vez desde el punto cero del sujeto que piensa de manera aislada, sino que se mantiene en el gran diálogo de la sabiduría histórica, que crítica y dócilmente al mismo tiempo sigue acogiendo y desarrollando; pero tampoco debe cerrarse ante lo que las religiones y en especial la fe cristiana han recibido y dado a la Humanidad como señal del camino».

            Al igual que en la memoria de la construcción europea ha quedado como referente el eslogan pronunciado al principio del Pontificado de Juan Pablo II en Santiago de Compostela -«Europa, ¡sé tú misma!, descubre tus raíces, aviva tu historia»-, así también en este discurso universitario que la “censura laicista” ha pretendido ahogar, quedarán para la posteridad el llamamiento del Papa en defensa de la razón, y su llamada a «mantener despierta la sensibilidad a la verdad».