Por la familia cristiana

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

 

 

                La solemnidad de la Sagrada Familia ha sido la fecha elegida por la Iglesia Católica en España, para llevar a cabo un signo orante y reivindicativo en favor de la familia cristiana. Ciertamente, hay motivos para preocuparnos y movilizarnos. Ignorar la situación dramática que afronta hoy la familia en España sería del género irresponsable, cuando las rupturas familiares se han generalizado, cuando el seno materno ha llegado a ser el lugar de máximo riesgo para la vida humana, cuando los padres están viendo usurpado su derecho a la educación de sus hijos… En la plaza de Colón, el 30 de diciembre, las familias cristianas se disponen a lanzar un mensaje de esperanza:

            1.º Creemos en la comunión de amor matrimonial, fiel e indisoluble: Me permito compartir una reflexión de Kari Johnson Gold, escritora y actriz norteamericana: "Antes era corriente que una pareja siguiera casada «por el bien de los hijos». En cambio, en los últimos treinta años hemos pasado al divorcio «por el bien de los hijos». Damos cómodamente por supuesto que nuestros hijos no pueden ser felices si nosotros somos infelices, pero nunca pensamos que nosotros no podemos ser felices si nuestros hijos son infelices".

            Efectivamente, para un matrimonio el divorcio es el fracaso de su proyecto de vida, es una huida de los problemas de relación pendientes de ser afrontados, y es también una de las causas principales de la infelicidad de los hijos.

            Los cristianos creemos que el verdadero amor no es el “romántico” e “idealizado”, sino el que integra la cruz en la vivencia cotidiana. Solamente quien está dispuesto a morir a su egoísmo, orgullo, vanidad, comodidad, lujuria, avaricia, hipocresía, etc., será capaz de vivir una comunión de amor indisoluble. El hombre (o la mujer) divorciado de su propia conciencia y de la voluntad de Dios, está abocado al divorcio matrimonial. En realidad, la ruptura del matrimonio no tiene lugar sin otras rupturas interiores previas. Es inútil construir encima de lo que está roto. El argumento del “derecho a rehacer la vida”, no es sino una forma de autoengaño.

            Por ello, ante tanta fractura y tantas heridas interiores, necesitamos la restauración profunda que proviene del amor de Cristo. “La gracia de Cristo es como el cemento que puede unir los fragmentos” (Heinz Kohut).

            2.º Creemos en la familia como santuario de la vida: Todavía estamos bajo el impacto de las noticias servidas sobre las intervenciones en las clínicas abortistas de Barcelona y Madrid. Lo que se ha destapado no son casos excepcionales, sino la realidad cotidiana que se esconde tras la cultura de la muerte. No hay abortos limpios y abortos sucios… Simplemente, se trata de vidas humanas sacrificadas por causa de la desesperanza y del egoísmo humano.

            Sin embargo, no sería justo que nos quedásemos solamente con el lado oscuro de la noticia. ¿Hemos reflexionado, estos días, en que nuestra vida personal es fruto de la aceptación y la apertura al don de la vida por parte de nuestros padres? Nuestra existencia es un don precioso, recibido y acogido en el seno de la familia, auténtico santuario de la vida.

            Nuestros padres no se plantearon que nuestra concepción hubiese sido “deseada” o “no deseada”. Ellos comprendían que un hijo no puede ser valorado como un objeto de deseo. Incluso, en el caso de que nuestra concepción hubiera alterado sus planificaciones, ¿qué importancia tenía ese hecho anecdótico para quien piensa que “el hombre propone y Dios dispone”?

            3.º Creemos en la familia como escuela de todas las virtudes: Precisamente en este momento en que la familia cristiana está siendo víctima de una inaceptable intrusión, es necesario que sepamos defender nuestros derechos de una manera asociada. La familia está padeciendo intromisiones en el ámbito escolar, en el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus principios morales, e incluso en el propio seno de la familia, cuando a éstos se les prohíbe hasta  resolver con un azote una rabieta de un niño que no atiende a razones. Hoy más que nunca, la familia cristiana necesita asociarse. He aquí otro motivo, por el cual es importante realizar el gesto público de una gran concentración de las familias españolas, en favor de la familia cristiana.

            Más allá del ámbito escolar, la educación de la conciencia de los hijos es una de las tareas fundamentales que tiene lugar en el ámbito de la vida familiar. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral (…) La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón” (CIC 1784). Mientras que el laicismo imperante condena a nuestra cultura a la orfandad moral y espiritual, la familia cristiana se presenta como la gran esperanza frente a tanta desorientación moral, así como el bálsamo para sanar tantas heridas y carencias afectivas.

            ¡Bendita Sagrada Familia en la que descubrimos, como en un icono, el rostro de nuestra familia cristiana! ¡Jesús, José y María, velad por la familia en España!