Silencio elocuente

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

 

 

               El domingo de la Santísima Trinidad es conocido como la “Jornada Pro Orantibus”, en la que recordamos a quienes han hecho de la oración y el sacrificio por todos nosotros, su vocación cotidiana: las almas contemplativas. ¡Cuántas injusticias hemos cometido en las últimas décadas contra los monjes y monjas de clausura! ¡Con cuánta frecuencia han tenido que oír de muchos católicos palabras de incomprensión, al estilo de: “¿qué hacéis aquí rezando, con la cantidad de cosas que hay por hacer en el mundo?”! Afortunadamente, parece que en los últimos años, en la medida en que nos hemos llegado a sentir asfixiados en el ambiente secularizado, hemos ido redescubriendo los monasterios contemplativos como auténticos oasis en medio del desierto de la cultura materialista. De ello son testigo muchas hospederías monacales y tantos locutorios, adonde hemos acudido en busca de paz y para encomendar nuestras preocupaciones más urgentes.

               Un indicio puntual pero significativo del renacimiento de esta sensibilidad hacia los contemplativos, lo hemos visto recientemente en la gran acogida que ha tenido en Europa la película “El gran silencio”,  en la cual se recogía un reportaje de la vida de los monjes cartujos de Grenoble (Francia). En naciones como Alemania, “El gran silencio” ha sido un auténtico éxito de taquilla, que ha superado con creces a Harry Potter en la media de público por proyección. ¡Un filme de 162 minutos en silencio observando la vida de los monjes! Sin duda alguna, algo impensable hace tan sólo diez o veinte años.

               Dicho lo cual, sería ingenuo que extrajésemos la conclusión de que esta nueva sensibilidad pueda interpretarse como un reconocimiento suficiente por nuestra parte de la dimensión contemplativa de la Iglesia. Una cosa es el atractivo que ejerce la espiritualidad en nuestros días, y otra bien distinta, es la fe en la oración y en el sacrificio como instrumentos de redención del mundo. Me centro en el subrayado de dos aspectos concretos:

                   Confianza en la gracia: El influjo de la vida contemplativa en la Iglesia y en nuestra sociedad, es semejante al de las cumbres nevadas de nuestras montañas. Al mirarlas, muchos no perciben más que un hermoso paisaje, ignorando u olvidando que el fértil valle del que estamos disfrutando, ha llegado a florecer gracias a esa nieve derretida de una forma lenta y anónima.

               Los dones que recibimos en nuestra vida están “regados” por la oración y el sacrificio de las almas contemplativas. Un cristiano es inmaduro mientras no sea consciente de que nada somos sin la gracia de Dios (“Sin Mí no podéis hacer nada” Jn 15, 5) y de que hay ciertas gracias que sólo pueden alcanzarse “con la oración y con el ayuno” (Mc 9, 29).

              Para que valoremos el don de la vida contemplativa, con frecuencia suele ser necesario que tengamos que purificarnos previamente desde la experiencia de la esterilidad de nuestro esfuerzo voluntarista: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!” (Salmo 126).

             Ocurre que uno de los errores prácticos más frecuentes en la vivencia de la espiritualidad cristiana es el “voluntarismo”: Consiste en poner la iniciativa de la vida espiritual en el propio hombre, en confiar el progreso de la vida espiritual a la propia voluntad de lograrlo, de forma que la acción de Dios relegada a un segundo plano. El planteamiento voluntarista piensa, en el fondo, que los logros de nuestra vida son directamente proporcionales a nuestra fuerza de voluntad y olvida, entre otras cosas, que también la fuerza de voluntad es un don de Dios. De esta forma, el voluntarismo no es capaz de percibir la vida cristiana como un don de Dios “gracia sobre gracia” (Jn 1,16).

            Silencio elocuente: He aquí el lema de la “Jornada Pro Orantibus” de este año. No me resisto a recoger unas hermosas reflexiones que Mons Jesús Sanz nos ofrece en la carta de presentación de la Jornada:

«Dios nos dirige su Palabra y Dios nos dirige también su Silencio. ¡Cuántas veces Él nos dice tantas cosas… callándolas! Siempre hemos visto en María la mujer creyente que ha sabido guardar en su corazón lo que Dios hablaba y lo que silenciaba.

           Este es el lenguaje místico: el silencio elocuente y la soledad habitada de la Palabra de Dios y de su Presencia adorable. Si el “homo loquens” (hombre que habla) busca y trata de expresar de tantos modos el misterio de Dios que le desborda, llega un momento en el que debe dar paso a otro modo de expresión más propia del “homo adorans” (hombre adorador): el silencio.

           Esta Palabra la escuchan los contemplativos. Es la que nos testimonian desde su silencio tan lleno de susurro divino, que se hace elocuente para quien quiera escuchar. Benditos ellos, que han sido llamados a guardar en el corazón lo que Dios nos dice y lo que nos calla».