De hutus y tutsis
(La fuerza de la eucaristía)

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre 

 

 

            Hace unos días tuve ocasión de asistir a la proyección de una película de producción anglogermana, recientemente estrenada en España: “Disparando a perros”. Afortunadamente, de vez en cuando, el cine nos regala algún filme que se sale de la tónica general de frivolidad, violencia y sexo, en la que está inmerso el séptimo arte. Espero que podamos verlo próximamente en las carteleras de Palencia.

            Se trata de una película de gran fidelidad histórica, que recoge los sucesos ocurridos durante el genocidio ruandés de 1994 en una misión católica ubicada en el mismo recinto de la Escuela Técnica Oficial cercana a Kigali. Unos 2.500 tutsis se refugiaron en la citada misión del sacerdote bosnio Vjeko Curic (en el film, el padre Christopher). Al mismo tiempo, la Escuela-Misión se había convertido de forma circunstancial en base de los Cascos Azules de la ONU.

Cientos de hutus armados con machetes, rodearon el recinto a la espera de que los Cascos Azules abandonasen a su suerte a los refugiados tutsis. La cobardía y el absentismo occidental, fueron cómplices de la tragedia: de los 2.500 refugiados solamente sobrevivieron media docena.

            El filme muestra la colaboración y el contraste entre dos figuras rigurosamente históricas: un joven voluntario occidental de una ONG (Joe)  y el citado padre Christopher. Es de suponer que la atención de los espectadores se centre en la denuncia del genocidio ruandés, donde más de 800.000 tutsis fueron pasados a cuchillo en pocas semanas, ante la indiferencia del resto del mundo. No en vano, tras la experiencia de la guerra de los Balcanes y del genocidio ruandés, Juan Pablo II reiteró en distintos ámbitos la obligación moral de ejercer una necesaria “injerencia humanitaria” en favor del bien común y en defensa de los derechos de los más débiles.

            ¡Cuánto daño han hecho en las últimas décadas -especialmente desde la caída del muro de Berlín- los apegos tribales y raciales! Finalizada la llamada “guerra fría” y tras la “caída de las ideologías”, el principal factor desencadenante de conflictos ha sido las luchas étnicas.

            Sin embargo, yo quisiera fijarme en otro aspecto de la película que, por su originalidad, creo que es su mayor aportación. En concreto, me refiero a la incidencia determinante de la fe en medio de los conflictos étnicos.

            1.- Los conflictos étnicos cuestionan la madurez de nuestra fe: No olvidemos que las dos etnias ruandesas, tanto hutus como tutsis, eran mayoritariamente católicas. Es decir, el genocidio tuvo lugar entre creyentes de nuestra misma fe. En el filme, el padre Christopher se plantea con crudeza y acierto, la pregunta de si la fe que durante tantos años ha predicado como misionero en África, ha llegado a penetrar y a transformar los valores de aquellos pueblos o, si por el contrario, ha sido un mero barniz con el que se han adornado sus costumbres y cultura. No olvidemos que el padre Christopher encarna en la pantalla al sacerdote católico bosnio Vjeko Curic, en cuya tierra natal, por esas mismas fechas ¡también estaba teniendo lugar otro genocidio, motivado por el conflicto étnico entre serbios, bosnios, croatas…!

            Una prueba importante de autenticidad de la fe católica, es que la comunión en los vínculos de nuestra misma fe, se muestre superior a los lazos de carne y sangre. Una fe que no sea capaz de relativizar las adscripciones tribales, es profundamente inmadura. El componente étnico no debe de restar nunca la necesaria libertad en el seguimiento a Jesucristo.

            2.- El secreto está en la catolicidad: Cuando los Cascos Azules abandonan la misión, el padre Christopher decide quedarse entre los tutsis que iban a ser masacrados, compartiendo su destino. Que no nos quede la menor duda de que uno de los motivos por los que en las misiones se escriben páginas tan gloriosas de la historia de la Iglesia, es porque los misioneros están libres de apegos de carne y sangre, que les podrían dificultar el seguimiento incondicional a Cristo y a su Evangelio.

La Carta a Diogneto, escrita en el siglo III del cristianismo, describía así a los cristianos: “Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña.” ¿Acaso nuestra condición de hijos de un mismo Dios Padre, no nos constituye en ciudadanos del mundo?

            3.- La Eucaristía, fuente de vida eterna: El filme se inicia y concluye con una referencia a la Eucaristía: Al joven cooperante que colabora con el padre Christopher le cuesta creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Le parece más un símbolo que una realidad. No es difícil deducir que ésta sea la causa por la que el joven se muestra incapaz de compartir el martirio del padre Christopher. A pesar de la promesa que había hecho a los refugiados de no abandonarles en ningún momento, el miedo le obliga a marchar junto con los soldados que abandonan a los tutsis a su suerte. Solamente quien crea firmemente en las palabras de Cristo “Quien come mi cuerpo y beba mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré para la vida eterna” (Jn 6, 54), será capaz de vencer el miedo a la muerte.

            Cuando ya “todo estaba perdido” y faltaban tan solo unos instantes para la tragedia final, el padre Christopher se rebela frente al pensamiento de que “ya no hay nada que hacer”. Su reacción es contundente: ¡Todavía hay unos niños que no han hecho la Primera Comunión! ¡No deben morir sin haber recibido la Eucaristía!

            Supongo que ese epílogo dejará desconcertado a más de un espectador. Sin embargo, no se trata sino de la lógica evangélica. Lógica de la fe y del amor que se plasma en la frase que el padre Christopher dirige al verdugo que termina con su vida: “Al mirarte a los ojos, no puedo dejar de amarte”.