Libertad

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre 

 

 

¿Qué tendrá la libertad que, en determinados momentos y circunstancias de nuestra vida, la hemos anhelado y reivindicado; mientras que en otras ocasiones, la hemos negado o, cuando menos, minimizado? Nos resulta seductora, al mismo tiempo que nos da miedo. Abre ante nosotros nuevas expectativas, pero también nos recuerda los riesgos de optar con todas las consecuencias…

Afirmar la libertad

La fe cristiana aporta algo muy importante para la afirmación de la libertad. En realidad, desde el ateismo, es muy difícil fundamentar la libertad. Partiendo de la negación de la existencia de Dios y, en consecuencia, negando también el alma humana, la comprensión del hombre queda reducida, necesariamente, a la del animal más evolucionado, pero, “animal” al fin y al cabo, ¡pura química y biología! Y, claro… entonces, ¿con qué bases podremos seguir sosteniendo el ideal de la libertad? ¿No habremos de encontrar aquí una explicación ante tantas contradicciones con las que nuestra cultura actual se posiciona frente a la libertad, idolatrándola y negándola, al mismo tiempo?

Nuestra fe cristiana nos ilumina para entender que el hombre es libre, como consecuencia de esa aspiración que lleva inscrita en la profundidad de su espíritu, impulsándole hacia un deseo de plenitud y felicidad. La libertad es aquella cualidad del espíritu humano que permite a la persona no estar a merced de sus condicionamientos biológicos, psicológicos y sociales. Estamos “condicionados”, pero no “determinados”, ya que ¡el alma humana es el fundamento antropológico último de la libertad humana!

            Rescatar la libertad

            Pero, el cristianismo no se limita a afirmar la libertad, a modo de postulado teórico o de principio filosófico. Es necesario partir de nuestra situación actual. En efecto, la libertad convive con muchas esclavitudes, hasta el punto de que muchos caen fácilmente en la tentación de negar su existencia. La Revelación cristiana no deja lugar a dudas: ¡La libertad necesita ser liberada!

            San Pablo nos pone en guardia en su carta a los Gálatas: “Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros.” (Gal. 5, 13). Evidentemente, la libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana. No podemos reducirla a una frívola licencia. Esto equivaldría a definirla como la indiferencia ante la elección entre el bien y el mal. La libertad es la capacidad que tiene el hombre de responder a la vocación con la que Dios le llama a la felicidad. No es en sí misma, un fin, sino un talento al servicio del amor.

            El hecho es que, las cosas no son muchas veces como aparentan ser: Esos cantos de sirena que nos prometen libertad, terminan por esclavizarnos, mientras que Jesucristo nos pide el cumplimiento de una ley que, paradójicamente, nos libera.  Tenemos sobrada experiencia de que una cosa es “vivir en libertad” y otra muy distinta, “tomarse libertades”. Como decía Karl Ludwig Borne:“La diferencia entre la Libertad y las libertades es tan grande como entre Dios y los ídolos."

            “La verdad os hará libres” (Jn. 8, 32)

La ley de Dios no recorta ni elimina la libertad del hombre, muy al contrario, la garantiza y la promueve. Solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad.  "So pena de destruirse, el hombre debe aprender a que la voluntad concuerde con su naturaleza"(…) "Verdad y justicia constituyen así la medida de la verdadera libertad" (Instrucción de la Congregración para la Doctrina de la Fe sobre Libertad Cristiana y Liberación, nº 25-26)

            Libertad obediente

            Son muchas las personas que arrastran la concepción de que la religiosidad exige el sacrificio de la libertad. El hombre religioso sería aquel que se somete a un cúmulo de preceptos y de prohibiciones, renunciando a su propio proyecto de vida. ¡Nada que ver con la realidad!

            El miedo y la falta de amor limitan el desarrollo del proyecto humano, y nos llevan a encerrarnos en nosotros mismos. Miremos a Jesucristo y a María, donde descubrimos el verdadero rostro del proyecto humano. ¡Hay que ser muy libre para entregar la vida!

Posiblemente, las dos expresiones cumbres que más han dignificado la libertad, las pronunciaron ellos -Madre e Hijo- en Nazaret y en Getsemaní: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc. 1, 38) y “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc. 22, 42).  A lo largo de dos mil años de historia cristiana, el testimonio de Jesús y María ha ayudado a muchos millones de personas, a desplegar todas las potencialidades que se esconden en ese tesoro oculto que llevamos en nuestro interior, y que se llama “libertad”.