Dame paciencia, ¡pero, dámela ya!

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre 

 

 

La expectación tan grande suscitada por el film "El gran silencio", se explica principalmente porque su mensaje resulta impactante, en contraste con la ansiedad e impaciencia de nuestros días. Uno de los males que mejor definen nuestra cultura actual, y que más sufrimientos nos acarrea, es la esclavitud del "ahora mismo" y la dificultad que tenemos para trazarnos metas a largo plazo. Con la sorna que les caracteriza, Les Luthiers ironizaban en una de sus actuaciones humorísticas: "Dios mío, dame paciencia, ¡pero, dámela ya!"

Nos quejamos de la inconstancia de nuestros niños, a quienes vemos pasar de la ilusión ansiosa al hastío, sin solución de continuidad y en un cortísimo espacio de tiempo; pero, sin embargo, los adultos tropezamos en la misma piedra. Lo delatan los eslóganes publicitarios, que son fiel reflejo de la ansiedad a la que responden y que al mismo tiempo generan: "Aprenda inglés en 6 meses", "Adelgace 10 kilos en 2 semanas"... No soportamos que la realidad no se amolde a nuestro deseo, y necesitamos cambiarla cuanto antes y a toda costa.

En la vida pública se pueden tomar decisiones que, lejos de buscar el bien común o de tutelar un bien moral, responden a esta misma lógica ansiosa. Por ejemplo, la reciente reforma de la ley del divorcio se ha caracterizado por suprimir cualquier cautela de reflexión que protegiese el vínculo matrimonial. Por una parte, se suprimió el trámite de la separación para llegar al divorcio; y por otra, se eliminó la necesidad de alegar una causa objetiva, que justifique la solicitud del divorcio.

Otro ejemplo bien sencillo lo tenemos en la ausencia de cautelas para la protección de la vida. Los grupos Provida consiguieron introducir, en algunos estados norteamericanos, una sencilla "reserva de prudencia", consistente en exigir una dilación de una o dos semanas desde que la mujer gestante solicita el aborto, hasta que se ejecuta. ¡Los resultados son sorprendentes! Esa simple medida ha logrado salvar decenas de miles de vidas, ya que un periodo de espera y posible reflexión de tan solo ocho días, puede madurar y replantear muchas decisiones.

En el ámbito de nuestras relaciones personales, nos enfrentamos al mismo problema: la impaciencia es la tumba de muchas amistades, así como una causa muy destacada en el distanciamiento en las relaciones familiares. La incapacidad de aguantar con paciencia los defectos del prójimo, no es más que un reflejo de la inestabilidad personal.

Recientemente, en la Carta Pastoral dirigida a los jóvenes, y en referencia al aumento en el consumo de drogas, he tenido también ocasión de subrayar cómo la droga de nuestros días tiene la característica de estar ligada a una vivencia ansiosa del ocio. La noche del viernes se ha convertido en el sueño impaciente de quienes suspiran por verse liberados de la rutina diaria. En ese contexto, la droga se impone como un recurso para exprimir unas horas de ocio que corren y se escapan de forma implacable.

Podríamos continuar con un sinfín de ejemplos que reflejan la incidencia de la impaciencia en nuestra vida personal, familiar y social. Por ejemplo, la falta de espacio y de tiempo en la relación entre los padres e hijos para escucharse y comprenderse, la falta de autocontrol que se genera con la utilización ansiosa de las tecnologías de telecomunicación actuales… Pero, de poco serviría ahondar en la herida sin apuntar al mismo tiempo la terapia.

La película a la que me he referido, "El gran silencio", tiene la virtud de no centrarse tanto en denunciar nuestra impaciencia, cuanto en lograr que nos asomemos a la fuente de la paciencia de la que beben los monjes cartujos de Grenoble, protagonistas del film.

¿Dónde está el secreto de esa serenidad cristiana? O, dicho de otro modo, ¿cuál es la razón última de la virtud de la paciencia? Nos la describe magistralmente Santa Teresa de Jesús, cumbre de la mística española, en su célebre poesía: "Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene nada le falta. Sólo Dios basta".

De aquí, lógicamente, se derivan consecuencias en nuestro obrar. La máxima que San Ignacio de Loyola propone en sus Ejercicios Espirituales, resuena en nuestros días como una sobredosis de sensatez: "En tiempos de turbación no hagas mudanza". Verdaderamente, es un consejo de sentido común, pero que, sin embargo, cada vez resulta más costoso, habida cuenta de que nos estamos habituando a tomar decisiones sin el debido discernimiento, al dictado de la angustia, y huyendo de nuestras frustraciones.

Sin necesidad de acudir a las producciones cinematográficas, el beato Rafael Arnaiz, cuya tumba es venerada en nuestra Trapa de Dueñas, nos trasmite esta misma sabiduría: "Toda ciencia consiste en saber esperar". Sus escritos y sus cartas, auténtica joya de la espiritualidad, dejan al descubierto la falsedad del refrán "El que espera, desespera". Más bien, deberíamos reformular este dicho de otro modo: "El que no sabe esperar, se desespera". Los cristianos creemos que nuestra historia es fruto de la inserción de la eternidad en el tiempo. Tiempo, que está abierto a la eternidad.

+ José Ignacio Munilla Aguirre

Obispo de Palencia