Hermana muerte

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre           

 

 

            El calendario litúrgico tiene una cita importante esta semana entrante, en la celebración de Todos los Santos y Todos los Difuntos. Es posible que la religiosidad popular tienda a mezclar las dos celebraciones, sin distinguir suficientemente entre la celebración de los santos que gozan ya de la visión de Dios en el Cielo (1 de noviembre) y la conmemoración de las almas del Purgatorio, que se preparan en ese estadio intermedio de purificación, hasta ser capacitadas para el Cielo. Lo que sí es seguro es que, con mayor o menor formación teológica, todos tenemos una ocasión para contemplar de cara a la “hermana muerte”, tal y como la llamaba San Francisco de Asís.

+ Mirarla a los ojos: Es curioso que al mismo tiempo que trivializamos la muerte virtual, haciendo de ella un espectáculo cinematográfico, no sepamos qué hacer, qué decir, ni cómo posicionarnos ante la muerte real y concreta. Miramos la muerte en la pantalla, pero ¡no sabemos mirarla a los ojos! Y sin embargo, por mucho que recurramos al juego del avestruz, ella sí que fija indefectiblemente su mirada en nosotros. Como decía Sancho Panza en el Quijote: "La muerte es un segador que no duerme la siesta, y come lo mismo cabrito que cebón". Pocas cosas son tan obvias en nuestra vida como la certeza de nuestra muerte, y pocas son tan olvidadas en nuestras programaciones.

+ Buena muerte: En la tradición católica se ha hablado mucho del concepto de la “buena muerte” y hoy se ha llegado a secularizar al máximo esa expresión, dándole la vuelta totalmente a su sentido original. De ser una ocasión de preparar conscientemente la partida de este mundo con la recepción de los sacramentos y manifestación de las últimas voluntades, ha pasado a significar casi lo contrario: “¡Qué “buena muerte” ha tenido, se ha quedado como un pajarito en la cama sin enterarse de nada!”. Parece como si el único alivio que nuestra cultura secularizada ofreciese ante el drama de la muerte fuese acortar y ocultar el mal trago. Ante la incapacidad de encontrar un sentido a la muerte, la solución parece ser distraer la atención en otras cosas.

+ Sentido de la vida y la muerte: No nos confundamos: El problema no está en la muerte. Si ésta resulta para algunos un drama sin sentido, es porque tampoco habían descubierto el sentido de la vida como una llamada de Dios a la existencia. Se habían limitado a subsistir, a tirar para adelante, sin saber muy bien cuál es ese “adelante”.

El problema de la muerte es, hoy en día, el mismo problema del sentido de la vida. No se puede entregar la vida cuando no se sabe lo que es. Sólo cuando sabemos que venimos del amor y que volvemos a él venciendo el sufrimiento y la muerte, es cuando podemos dar lo mejor de nosotros mismos.

+ Vida eterna: Esta es la gran noticia que nos trae Jesucristo: “He venido para que tengan vida, y la tengan abundante” (Jn 10, 10). La imagen de los ciclos de la naturaleza, es utilizada para darnos a conocer nuestra propia vocación: Como el grano de trigo ha de morir para dar fruto, así también la muerte es camino de vida (Cfr Jn 12, 24). De forma similar a como las estaciones del año están en conexión entre ellas y conforman el ciclo de la vida, entendemos también que cada etapa de nuestra existencia tiene un sentido que se engarza en la anterior, hasta alcanzar la plenitud: “La vida es para buscar a Dios. La muerte es para encontrarle. La eternidad es para poseerle”

Una buena ocasión, la de esta semana, para reavivar nuestra fe en el “más allá”, al mismo tiempo que reafirmamos el compromiso con el “aquí y ahora”. Ojalá tengamos la paz suficiente para mirar a los ojos a la hermana muerte, de la misma forma que asistimos en el paritorio al alumbramiento -¡siempre duro!- para esta vida.

+ José Ignacio Munilla Aguirre

Obispo de Palencia