En ti confío

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre

 

            No está bien eso de marcharse sin decir tan siquiera “adiós”… Ha llovido mucho desde que el 30 de agosto de 1989 publicara en estas páginas un primer artículo, bajo el título de “Impresiones desde Santiago de Compostela”, tratando de la IV Jornada Mundial de la Juventud que allí tuvo lugar. Desde entonces hasta la última colaboración en vísperas de mi nombramiento como obispo de Palencia (“Da Vinci, al desnudo”, el pasado 11 de junio), he mantenido una presencia continua, con mayor o menor intensidad, a lo largo de estos diecisiete años. Quiero dar las gracias a El Diario Vasco por la posibilidad que me ha dado de hacer de estos artículos una ocasión de diálogo entre fe y cultura, trascendiendo las fronteras eclesiales.

No me cabe duda de que todos entenderán que el cometido magisterial de un obispo, unido a su jurisdicción territorial diocesana, hacen improcedente que el obispo de Palencia continúe escribiendo artículos de opinión en El Diario Vasco de San Sebastián. Permitidme, pues, en esta despedida expresar algunas de las experiencias acumuladas:

+ El mensaje cristiano sigue siendo el referente del hombre moderno: Sea para adherirse, o sea para combatirla, el punto de referencia sigue siendo la religión católica. No existe otro asunto que posicione tanto las posturas en Occidente como el debate en torno al humanismo cristiano. Si dejásemos esto a un lado, la diferencia entre izquierdas y derechas llegaría a ser anecdótica. Un europeo secularizado de derechas piensa básicamente lo mismo que el secularizado de izquierdas. Tras la caída de la ideología marxista, la única alternativa al pensamiento liberal occidental –el considerado hoy como políticamente correcto-, es el cristianismo.

Recuerdo, por poner un ejemplo, las múltiples reacciones suscitadas en este periódico en torno al artículo “De la evolución a la involución, volvemos al mono” (10-5-06). Es difícil encontrar temas que provoquen debates “de fondo”, como es el caso del origen de la existencia, el respeto a la vida concebida, la eutanasia, el derecho de los padres de educar a sus hijos conforme a sus principios religiosos, etc. Afortunadamente, la sal no se ha vuelto insípida (cfr. Mc 9, 50).

            + Debatir y evangelizar: Los medios de comunicación dan fácilmente cabida al debate que recoge la polémica de actualidad. Ello hace que sea mucho más fácil la publicación de artículos que entren a rebatir la posición contraria, que la difusión de aquellos que se reduzcan a un contenido expositivo aséptico. Por ejemplo, será mucho más fácil hacerse presente en los medios de comunicación explicando los porqués de la inmoralidad del aborto, que limitándose a exponer la dignidad de la vida humana. Es verdad que las afirmaciones en positivo (“la vida es sagrada”) tienen unas consecuencias en negativo (“no matarás”); mientras que las afirmaciones en negativo (“no matarás”) suponen la formulación positiva (“la vida es sagrada”). Sin duda, los dos géneros deben ser complementados prudentemente, según la circunstancia; pero es claro que si pretendemos hacer presente el Evangelio de Cristo en los medios de comunicación, hemos de perderle miedo a la contraposición apologética, si no queremos que se nos rechace bajo la acusación de que empleamos un lenguaje eclesiástico tan plano como aburrido.

            + Importancia del lenguaje directo en la evangelización: Dentro de la autocrítica que debiéramos hacer en el seno de la Iglesia, está la falta de un lenguaje claro y directo que nos permita entrar en diálogo con el mundo contemporáneo. Es más, a veces el lenguaje alambicado es un mero recurso para encubrir la falta de claridad en el pensamiento. Permítaseme una anécdota personal. Era yo seminarista cuando asistí a una conferencia de uno de esos teólogos a los que parece que el Diccionario de la Real Academia se les ha quedado pequeño; y abrumado por su discurso, le dije al oído a un amigo, profesor de teología, que tenía a mi derecha: “No me estoy enterando de nada”. A lo que éste me respondió: “No te preocupes, yo me estoy enterando de todo, y no está diciendo nada”. ¡Tengo que reconocer que me quedé muy relajado! Pero al mismo tiempo, confirmé mis sospechas de que el lenguaje supuestamente erudito puede llegar a ser un subterfugio recurrente; y que, sin embargo, como decía C.S. Lewis: “la verdadera prueba es el lenguaje corriente y directo”. La Iglesia siempre ha desconfiado de las teorías teológicas que no pueden ser trasladas al lenguaje del catecismo. En esto, por lo menos, coincidimos con la mentalidad práctica popular.

            ¿Quién de nosotros, los sacerdotes, no ha escuchado de los jóvenes de nuestras parroquias: ¡José Ignacio, no seas chapas!? ¿Quién de los que hemos escrito en estas páginas no ha sido reprendido en ocasiones por sus conocidos en demanda de mayor claridad de exposición? ¿Quién no ha metido la pata con las palabras utilizadas, causando ofensa a algunos, cuando él no pretendía sino amar en la verdad? En fin, por todo ello, aprovecho la ocasión para pedir sinceramente perdón.

            Dios mediante, el próximo domingo 10 de septiembre, a las 6 de la tarde, seré ordenado obispo de la Iglesia Católica , en la Catedral de Palencia. No le pido a Dios nada más que ser su instrumento (¡y nada menos…!). Permitid que traspase los límites de este foro público para haceros un ruego con énfasis: ¡Rezad por mí! Confío en esa comunión que nos une a católicos en la fe, por encima de nuestras sensibilidades. ¡En Palencia tenéis vuestra casa! Siempre, claro, ¡¡que no vayáis todos a la vez!! Quiero llevaros a todos en mi corazón, de la misma forma que el Señor nos lleva en el suyo. ¡Corazón de Jesús, en ti confío!