Benedicto XVI, a corazón abierto

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre  

 

 

            La última vez que tuve ocasión de estar cerca del Papa –concretamente, durante su viaje al Santuario de Lourdes en 2008- recuerdo que me causó una gran impresión ver su porte y su rostro humilde, bondadoso y sereno. Parecía como si en vez de soportar un gran peso sobre sus espaldas, fuese él llevado por otro “en brazos”… Me impactó aquella paz que transmitía, sobre todo porque no me resultaba difícil suponer las responsabilidades y las preocupaciones tan grandes inherentes a su ministerio. O, tal vez, ¡debería haber supuesto que, ni tan siquiera era capaz de imaginarlas…!  

            El Papa comparte su dolor 

            Pues bien, la semana pasada el Santo Padre nos dirigió una carta muy especial a todos los obispos. En ella se expresa de una forma que nos resulta novedosa en la vida de la Iglesia: el Papa abre su corazón de pastor, expresando con una humildad conmovedora sus preocupaciones, manifestando su dolor por tantas infidelidades e incomprensiones, y enumerando sus firmes convicciones y la razón de su actuación. (Se puede acceder a la lectura de la carta desde nuestra WEB diocesana: www.diocesispalencia.org).

            El motivo que ha originado la carta ha sido la polémica suscitada tras la decisión de Benedicto XVI de levantar la pena de excomunión a los cuatro obispos consagrados por Mons. Lefebvre. Se trata de un problema que afortunadamente no tiene incidencia entre nosotros; pero, sin embargo, el contenido de la misiva nos ofrece un legado con plena actualidad, que va más allá de la circunstancia que la ha originado. 

            Nuestro mayor obstáculo, la desafección de “los de casa” 

            Al leer las palabras del Papa, rememoramos las palabras del Salmo 54, que la tradición de la Iglesia ve cumplidas en la traición de Judas: “Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad…”. En efecto, es triste comprobar cómo la desafección de “los de casa”, puede llegar a resultar más pertinaz e irracional que la de quienes no son miembros de la Iglesia. Ha sido impresionante conocer cómo el Papa alude a un texto de San Pablo a los Gálatas, afirmando que en un tiempo pensó que utilizaba expresiones un tanto exageradas, pero que ahora comprueba su verdad: “Porque toda la ley se concentra en esta frase: «Amarás al prójimo como a ti mismo». Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente” (Gal 5, 14-15).

            En efecto, por mucho que exista un problema grande de secularización y laicismo en nuestro entorno, el mayor obstáculo para la evangelización de nuestra cultura es la falta de comunión interna en el seno de la Iglesia. Y en el origen de esa falta de unidad está la desafección, es decir, la falta de amor entre nosotros.

            Muchos piensan equivocadamente que el problema de comunión en la Iglesia se ha originado principalmente por motivos ideológicos. Ciertamente, será necesario para alcanzar la comunión, como dice el mismo Benedicto XVI en su carta, que unos y otros hagan el esfuerzo de aceptar el depósito íntegro de la Tradición Católica: tanto los lefebvristas, que sólo aceptan el magisterio anterior al Concilio Vaticano II; como los contaminados por el modernismo, que desprecian el magisterio anterior al Vaticano II,  calificándolo despectivamente de “preconciliar”. Sin embargo, la intuición agustiniana es perfectamente aplicable a este caso: “quien no ama, no conoce”. Ciertamente, lo más grave es la “desafección”, el desamor, que distorsiona la realidad, hasta el punto de llegar a hacer una caricatura de ella.

           La gran conclusión que hemos de extraer del mensaje del Papa es la importancia de la caridad entre nosotros y, de forma especial, con nuestros pastores. Dicho a las claras: la comunión en el seno de la Iglesia requiere el amor, el afecto y la devoción al Papa. De lo contrario, nos limitaremos a refugiarnos en nuestras ideologías como justificación de nuestra soberbia. 

            Medios de comunicación devoradores 

            A lo anterior se añade la gran incidencia que determinados medios de comunicación, laicistas y anticlericales, pueden llegar a tener sobre los fieles católicos. Por ejemplo, el reciente viaje del Papa a África, se iniciaba con una polémica, en la que se intoxicaba la opinión pública con la siguiente necedad: “La predicación de la castidad es la responsable de la extensión del SIDA en África”. ¿Cabe afirmar mayor estupidez?

            Nos toca convivir con estos medios de comunicación “devoradores”, que manipulan la opinión pública mundial, y que odian profundamente a la Iglesia porque se resiste a someterse a la dictadura de lo que ellos consideran políticamente correcto. Los signos de los tiempos requieren que eduquemos en la capacidad crítica frente a este tipo de distorsiones de la realidad de la Iglesia. Al mismo tiempo, es necesario que cuidemos nuestra presencia en los medios de comunicación a los que tengamos acceso, sin olvidar la creación y potenciación de los medios eclesiales.

           Concluyo diciéndoos que tengo la intención de dirigir esta semana una carta al Santo Padre, en nombre de toda la Diócesis, para manifestarle nuestro cariño y adhesión, y hacerle saber que cuenta con nuestra oración para que el Señor le ilumine y le fortalezca en medio de tantas responsabilidades como ha puesto en sus manos.

           Ahora, más que nunca, estoy profundamente impresionando al observar la paz y serenidad del Papa, propias de quien guía la Iglesia, al mismo tiempo que es “llevado en las palmas” del Padre, alentado por el Espíritu de Dios, y sostenido por un “timonel” muy especial: Jesucristo.