Dejar a Dios en el banquillo

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre   

 

 

             En artículos anteriores, hemos tenido ocasión de comentar diversos aspectos del discurso que Benedicto XVI dirigió a los jóvenes en la ceremonia de acogida de las Jornadas Mundiales de la Juventud de Sidney. En aquel incomparable escenario, el Papa nos ofrecía una batería de reflexiones de alto calado, con intención de suscitar en nosotros una capacidad crítica frente al reto de secularización y laicismo ante el que nos encontramos. Comento unas palabras de aquel discurso:

            La tarea del testigo no es fácil. Hoy muchos sostienen que a Dios se le debe “dejar en el banquillo”, y que la religión y la fe, aunque convenientes para los individuos, han de ser excluidas de la vida pública, o consideradas sólo para obtener limitados objetivos pragmáticos. Esta visión secularizada intenta explicar la vida humana y plasmar la sociedad con pocas o ninguna referencia al Creador”.

            He aquí uno de los “dogmas” principales de nuestra actual cultura secularizada: las creencias religiosas pertenecen a la esfera de la vida privada, de forma que todo ciudadano tiene que dejar “aparcada” su religión cuando se trata de participar en la vida pública. Lo propio del Estado sería aquello que es público y común a todos los ciudadanos, y dado que las opciones religiosas son particulares y privadas, no tendrían lugar fuera del ámbito de la propia conciencia, del seno de la familia, o del recinto eclesial. Dicho con el símil futbolístico utilizado por el Papa en el citado encuentro juvenil: cuando el partido lo jugamos fuera de casa, a Dios habría que dejarle “en el banquillo”.

            El primer error de planteamiento es evidente: El hecho de que un Estado sea laico o aconfesional, no implica que la sociedad y los individuos que lo conforman, deban serlo igualmente. Un cristiano es lo que es, y no puede transformarse en “aconfesional” cuando se hace presente en la vida pública. Cada uno contribuimos al bien común desde nuestras convicciones personales. No puede ser de otra manera.

            Benedicto XVI rebatió con firmeza esa teoría tan difundida, según la cual para tomar parte en la vida social, habría que hacerlo desde posiciones neutras o imparciales; es decir, laicas o aconfesionales. El Papa desenmascara así el engaño del laicismo:

            “Se presenta como una fuerza neutral, imparcial y respetuosa de cada uno. En realidad, como toda ideología, el laicismo impone una visión global. (…) La experiencia enseña que el alejamiento del designio de Dios creador provoca un desorden que tiene repercusiones inevitables sobre el resto de la creación. Cuando Dios queda eclipsado, nuestra capacidad de reconocer el orden natural, la finalidad y el «bien», empieza a disiparse”.

            Es decir, la visión excluyente de Dios que en la vida pública deja la fe en el banquillo, es tan “dogmática” como la visión cristiana. Nadie construye la sociedad sin estar inspirado en unos determinados valores. Así lo dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una determinada visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. (…) Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia”. (CIC 2244)

            En consecuencia, los católicos no hemos de avergonzarnos de nuestra explícita inspiración cristiana. En primer lugar, porque es totalmente falsa la supuesta imparcialidad de quienes enarbolan la bandera laicista. Pero, además, el Papa nos invitaba a hacer una lectura histórica de lo ocurrido cada vez que el hombre ha pretendido construir el Estado, rechazando toda referencia a Dios y a los valores objetivos de la moral. Lo ocurrido en el siglo XX con las ideologías nazi y marxista es buena prueba de ello. Pero incluso, después de la caída de las ideologías, seguimos corriendo un grave peligro; ya que una democracia sin valores, tiende a convertirse en un totalitarismo visible o encubierto.

            Lo decía Chesterton con su habitual ingenio: “Quitad lo sobrenatural, y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural”.