No es obligatorio quedarse fuera

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre  

 

 

         No es frecuente que los Papas utilicen la ironía como género de expresión. Quizás por esto me llamó poderosamente la atención una frase que escuché a Benedicto XVI en Sidney, en el contexto de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Nos encontrábamos en el acto inicial, concretamente, en la ceremonia de acogida, y el Papa se dirigió a los jóvenes allí congregados con las siguientes palabras:

            Veo ante mí una imagen vibrante de la Iglesia universal. La variedad de Naciones y culturas de las que provenís demuestra que verdaderamente la Buena Nueva de Cristo es para todos y cada uno; ella ha llegado a los confines de la tierra. Sin embargo, también sé que muchos de vosotros estáis aún en busca de una patria espiritual. Algunos, siempre bienvenidos entre nosotros, no sois católicos o cristianos. Otros, tal vez, os movéis en los aledaños de la vida de la parroquia y de la Iglesia. A vosotros deseo ofrecer mi llamamiento: acercaos al abrazo amoroso de Cristo; reconoced a la Iglesia como vuestra casa. Nadie está obligado a quedarse fuera, puesto que desde el día de Pentecostés la Iglesia es una y universal”.

            Aquella “fina ironía” de Benedicto XVI, escondía una profunda reflexión crítica sobre nuestro momento cultural. El hecho de que el Papa estuviese dirigiendo esa consideración irónica a una asamblea de jóvenes provenientes de todas las partes del mundo, respondía al estándar de una cultura globalizada.

            Soy consciente de que habrá quienes juzguen que el Papa estaba exagerando. ¿En qué lugares del mundo se prohíbe a los jóvenes acercarse a la Iglesia? ¿Acaso se estaba refiriendo con aquellas palabras a los cristianos perseguidos por el hinduismo fundamentalista en la India, o a los católicos de rito caldeo que son exterminados y expulsados de Iraq, por la presión  del fundamentalismo islámico? Evidentemente, no son estos los casos a los que Benedicto XVI estaba aludiendo. Su reflexión se refería a la cultura secularizante y laicista que, de forma globalizada, Occidente está “exportando” al resto del mundo.

            En efecto, sin llegar a la persecución física, en nuestros días existen formas muy sutiles y eficaces de coaccionar a un joven, de modo que en la práctica, se vea limitado su derecho a la libertad religiosa. La concepción secularizada de la existencia, unida a la ideología laicista, encuentran un apoyo decidido en quienes gestionan las iniciativas culturales públicas, además de recibir una amplia difusión por parte de la mayoría de los “mass media”. Esto contribuye a que en nuestra sociedad, la fe cristiana llegue a ser percibida como contracultural. Difícilmente encontraremos una persecución más despiadada y más eficaz, que aquélla que constriñe al perseguido, hasta hacer que se sienta acomplejado y avergonzado de su propia condición. ¿Es normal que los inmigrantes de otras religiones se sientan más cómodos practicando su religiosidad en Occidente (¡de raíces cristianas!), que los propios jóvenes católicos?

            Escuchando a Benedicto XVI, me venía a la memoria otro mensaje muy similar, que Juan Pablo II dirigió a los jóvenes en las Jornadas Mundiales de la Juventud del año 2000, celebradas en Roma: “(…) Seguir a Jesús es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente”. Y continuaba su discurso aquel Papa que tanto conectó con el alma de los jóvenes: “Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero sí ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día: en los novios y su dificultad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio; en los matrimonios jóvenes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad; en las relaciones entre amigos; en el que ha empezado un camino de especial consagración, etc”. Juan Pablo II no les ocultó a los jóvenes la dificultad de seguir a Cristo en el momento presente, pero al mismo tiempo les dio un mensaje de esperanza: “Queridos jóvenes, ¿es difícil creer en un mundo así? En el año 2000, ¿es difícil creer? Sí, es difícil. No hay que ocultarlo. Es difícil, pero con la ayuda de la gracia es posible”.

            El Pontificado de Benedicto XVI ha añadido una reflexión de corte filosófico para denunciar la misma situación existencial descrita por Juan Pablo II. En efecto, ha sido Joseph Ratzinger quien ha acuñado el término “dictadura del relativismo”. En estos últimos años hemos sido testigos repetidas veces de cómo la invocación del “principio de tolerancia”, no ha sido sino el primer paso para acabar imponiendo finalmente una ideología laicista obligatoria.

           Tras aquella ironía reflexiva que invitaba a sacudirse complejos, el Papa concluía dirigiéndose a los jóvenes a corazón abierto: “Queridos amigos, en casa, en la escuela, en la universidad, en los lugares de trabajo y diversión, recordad que sois criaturas nuevas. Como cristianos, estáis en este mundo sabiendo que Dios tiene un rostro humano, Jesucristo, el «camino» que colma todo anhelo humano y la «vida» de la que estamos llamados a dar testimonio, caminando siempre iluminados por su luz”.