Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre  

 

 

               Con el título de “Curar enfermos, pero sin eliminar a nadie”, la Secretaría de la Conferencia Episcopal Española hizo pública el viernes 17 de octubre, una Nota aclaratoria sobre los aspectos morales implicados en el nacimiento del llamado primer "bebé medicamento". La frase final del comunicado episcopal delimitaba claramente las cosas: “Con estas aclaraciones no se juzga la conciencia ni las intenciones de nadie. Se trata de recordar los principios éticos objetivos que tutelan la dignidad de todo ser humano”. Sin embargo, como suele suceder en estos casos, las descalificaciones gratuitas contra la Iglesia no se hicieron esperar. Hemos escuchado acusaciones tan faltas de fundamento como injustas, llegando en el colmo del atrevimiento, a afirmarse que “la Iglesia no tiene humanidad ni caridad” (sic).

             Sin embargo, significativamente, se ha silenciado el hecho de que el presidente de la Comisión Deontológica del Consejo General del Colegio de Médicos, Rogelio Altisent, lejos de festejar el éxito del primer “bebé medicamento” producido en España, haya afirmado lo siguiente: "Dejar por el camino los embriones que no han sido utilizados no es un tema neutro para la ética médica".  

            El fin no justifica los medios 

            El principal argumento moral por el que la Iglesia rechaza estas prácticas es el reconocimiento de la dignidad inviolable de la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre. Un embrión humano no puede ser utilizado para un fin que no sea su propio bien. Así se afirma en la citada Nota: “Se ha puesto el énfasis en la feliz noticia del nacimiento de un niño y en la posibilidad de la curación de la enfermedad de su hermano. Expresada así, la noticia supone un motivo de alegría para todos. Sin embargo, se ha silenciado el hecho dramático de la eliminación de los embriones enfermos y eventualmente de aquellos que, estando sanos, no eran compatibles genéticamente”.

            Una vez ignorado o rechazado el principio moral que sostiene que el fin no justifica los medios, la suerte del ser humano es ya incierta… Todo depende de que formemos parte del colectivo de los seres humanos “destinatarios” o “beneficiarios”, o de que nos toque engrosar el número de los “utilizados” o “sacrificados”.  

            La vida humana se “desarrolla”, no se “construye” 

            Está claro que en este debate, una de las cuestiones fundamentales es la del inicio de la vida humana. De hecho, algunas de las críticas dirigidas contra la Iglesia se han formulado acusándola de equiparar el valor de los embriones al de la vida de un niño. Pues bien, ¿cuándo comienza la vida humana: en la concepción, en el parto, al cuarto mes del embarazo…?

            Sabemos de sobra que esta pregunta ha sido respondida de forma contundente por la Embriología, que es una rama científica de la Biología: la vida humana comienza en el preciso instante de la concepción. Sin embargo, puede ocurrir que determinadas formas erróneas de “imaginarnos” la realidad, nos impidan extraer las consecuencias lógicas de esta afirmación. Algo así parece ocurrir con el candidato republicano a la presidencia norteamericana, John McCain, quien afirma que la vida comienza en la concepción, pero, sin embargo, acepta la experimentación con embriones humanos (¿?). Una pista para entender estas contradicciones podría ser la siguiente: ¿Cómo nos imaginamos el proceso de gestación de la vida, como una construcción o como un desarrollo?

            En un artículo publicado por Joseph Koterski S.J. (“Construction, Development, and Revelpment”, Life and Learning XV, 2006), el autor desarrolla una interesante descripción del pensamiento contemporáneo, para explicar nuestras resistencias a aceptar algo tan obvio como es el respeto a la vida humana, independientemente de la fase en la que se encuentre.

            Tal vez nos imaginamos que en el proceso de la gestación en el seno materno, la vida humana está en construcción, como ocurre en la fabricación en cadena de un vehículo. ¿En qué momento podemos considerar que el coche comienza a serlo? ¿En el momento en que le colocan el motor? ¿Cuando adquiere ya un determinado aspecto exterior? ¿En el momento en que sea capaz de ponerse en funcionamiento? Lo que es indudable, es que nadie llamaría “coche” al resultado de la primera fase de la cadena, cuando simplemente se hayan unido los primeros hierros y tuercas.

            Sin embargo, la vida humana no se “construye” a partir de la concepción, sino que simplemente se “desarrolla”. No existe un constructor exterior que añada piezas a ese embrión. El principio vital del ser humano está ahí desde el comienzo, en su código genético, y no necesita sino tiempo y condiciones adecuadas para desarrollarse. El ser humano no será “construido”, sino que “ya es”. ¡Sólo hay que “dejarle ser”!             

La lógica del deseo 

            Nuestra cultura postmoderna arrastra un déficit muy notorio de racionalidad. Es frecuente que nuestras acciones se realicen a impulsos de la emotividad, sin que los principios morales objetivos tengan influjo determinante en nuestras decisiones. La lógica implacable del deseo se aplica tanto al aborto –para rechazar la vida no deseada-, como a la producción artificial de embriones en el laboratorio.

            En el caso del “bebé medicamento”, la lógica del deseo tiene un matiz especial de tipo utilitarista. Así lo denuncia la Nota de la CEE: “Por su parte, el hermano que finalmente ha nacido ha sido escogido por ser el más útil para una posible curación. Se ha conculcado de esta manera su derecho a ser amado como un fin en sí mismo y a no ser tratado como medio instrumental de utilidad técnica”.

            Una vez más, “la Iglesia desea prestar su voz a aquellos que no la tienen y a los que han sido privados del derecho fundamental a la vida”. La alternativa científica al “bebé medicamento”, acorde con la ética, es la potenciación en España de los actuales bancos de sangre de cordón umbilical, de forma que tenga la suficientemente oferta como para posibilitar la consecución de donantes compatibles. Y es que… “ciencia” y “conciencia”, se necesitan mutuamente.