Servir a dos señores
Dios y la política

Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre   

 

 

              A diferencia de los paganos, los primeros cristianos se caracterizaron por no tener más “señor” que a Jesucristo, hasta el punto de que su negativa a adorar el César, llegó a ser el motivo del martirio de muchos de ellos. San Pablo lo tenía muy claro cuando proclamaba: «Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, y toda lengua proclame: Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10-11). También en nuestros días, los cristianos tenemos la misma tentación de “servir a dos señores”, sobre la que nos advirtió Jesucristo: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro» (Mt 6, 24).

             ¿Sobre qué peligros concretos nos estaba advirtiendo Jesús? Son muchas las combinaciones a las que cabe aplicar la enseñanza evangélica de los “dos señores”: Dios y el dinero, Dios y la fama, Dios y el placer… “Dios y la política”.

             Desde una perspectiva mediática, al igual que ocurre con otras muchas realidades, los católicos suelen ser juzgados y encasillados en dos bandos: derechas e izquierdas. Sin embargo, la lectura desde el punto de vista evangélico es muy diferente. En realidad, los cristianos se dividen en dos grupos: aquellos para los cuales su adscripción política tiene más peso que su fe católica, y aquellos otros, para los cuales la fe católica es más determinante que su sensibilidad política.

            En efecto, la vinculación política llega a tener, en ocasiones, tanta influencia en la vida de muchos creyentes, que limita en gran manera la libertad evangélica necesaria para juzgar y discernir las ideologías de este mundo, desde el espíritu de Jesucristo. Por desgracia, hay creyentes que en la práctica llegan a condicionar la aceptación del Magisterio eclesial, al pronunciamiento –favorable o contrario- del partido político que suscita sus simpatías.

            Los católicos no sólo han de valorar y estimar el ejercicio de la política, sino que están llamados a una participación activa en ella. Pero, sin embargo, me estoy queriendo referir a otra cosa en esta reflexión: el cristiano no debe “servir” a la política, cual si ésta tuviese un “señorío” sobre su corazón y sus valores de vida. («Se entregará a uno y despreciará al otro», Mt 6,24)

            Una vez concluidas las persecuciones del Imperio Romano a los cristianos, San Agustín -a caballo entre los siglos IV y V- afirmaba que «el mundo tiene dos formas de perseguir al cristianismo: la primera es la violencia y la segunda es la seducción». Sin dudarlo, él entendía que la segunda era más peligrosa que la primera. Es evidente que éste es también nuestro caso. En el momento presente se habla mucho de los ataques y del acoso laicista que está padeciendo la Iglesia, lo cual es cierto y debe ser denunciado. Pero quizás no reparamos lo suficiente en el poder de seducción que tantas ideologías contrarias o extrañas a la fe, llegan a tener sobre los seguidores de Cristo. Recordemos aquellas palabras de reprensión dirigidas por Jesús a San Pedro: «Tú piensas como los hombres, no como Dios» (Mt 16, 23).

            El cristiano que es seducido por ideologías o simpatías partidistas, suele ser más fácilmente aceptado y adulado en los ambientes políticos afines, pero, inevitablemente, su identidad se ve diluida, como nos recordaba Jesucristo: «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres» (Mt 5, 12). En realidad, el cristiano solamente es capaz de transformar el mundo, en la medida en que esté libre de él. Jesucristo nos advirtió: «no podéis servir a dos señores».